jueves, 2 de diciembre de 2010

Skyline (Skyline, la invasión. 2010)

¿Qué pasa cuando dos hermanos tienen ganas de filmar una cinta de ciencia ficción, cuentan con el equipo necesario para los efectos especiales y 10 millones de dólares en los bolsillos? Pues les importa un sorbete la trama, se roban dos que tres ideas clásicas del género, ven un millón de veces Señales de M. Night Shyamalan, contratan a puro segundón para armar un cast más o menos sólido (y que no les cobre tanto), piden los permisos pertinentes para usar el edificio en donde viven para filmar ahí mismo su cinta de bajo presupuesto y se dedican a dirigir, editar, ingeniar y modificar su original propuesta, en donde naves del espacio exterior llegan a la tierra con intenciones no muy sanas. 

Jarrod y su novia Elaine viajan de Nueva York a Los Ángeles para atender la fiesta de cumpleaños de Terry, quien es un exitoso productor musical. Después de sobrevivir una accidentada fiesta, llena de encuentros, desencuentros y revelaciones, el grupo de amigos despierta con la noticia de que el planeta tierra es invadido por seres extraterrestres, los cuales al parecer no vienen en paz. Debido a ello y a su incapacidad de escapar del conjunto habitacional, se encierran en el departamento de Terry, en espera de que llegue el rescate o que la invasión termine. 

Colin y Greg Strause le hacen a todo en esta cinta. En parte la escribieron, en parte crearon el guión, en parte se encargaron de los efectos especiales. En parte, porque aunque dos cerebros estuvieron involucrados en la creación de esta invasión de bajo presupuesto, el supuesto espectáculo visual termina por ser tan pobre como la historia que se encarga de ilustrar. 

En principio, su elenco está formado por actores que han brillado en televisión como personajes terciarios, tanto en el drama como en la comedia, pero ninguno ha logrado dar el salto que consolide su carrera fuera de la TV. Esto, sumado a la poca pericia de ambos directores, hace que el drama de Jarrod y sus amigos le sea totalmente indiferente a la audiencia.

Pero esto también tiene que ver con la historia tan pobre y llena de huecos más grandes que el cañón del sumidero. Queda claro que lo que más les costó trabajo ingeniar a los dos creadores fue el trailer, ya que éste tiene más historia y más gancho que la película misma. Jamás hay una explicación, teoría o suposición de qué son estos seres, de dónde vienen. 

Puede que esto sea parte de la trama misma dejar que el espectador se haga sus propias ideas al respecto, lo cual es válido, pero cuando se detona una bomba atómica en plena ciudad de Los Ángeles, se espera ver cierta coherencia ante este hecho en las tomas siguientes, pero a los directores se les pasó cerrar ciertas tomas en donde vemos que, en efecto, la destrucción fue tan falsa como los extraterrestres que ingeniaron. 

El colmo es que la tomada de pelo no termina ahí, sino que los Strause aprovechan los últimos 10 minutos de la cinta para poner a su pareja protagonista en situaciones tan inverosímiles que causan pena ajena. Y la cereza del pastel no radica en el final, igual de descabellado que todo lo ocurrido hora y media antes, sino que ya planean la secuela de esta lastimera obra. 

Hace más de diez años a una película se le perdonaba que su trama fuera floja, siempre y cuando ofreciera un show visual que valiera el costo del boleto. Ahora, con tanto adelanto tecnológico, en donde cualquier bloguero se cree escritor y en donde cualquier twittero se cree líder de opinión, deberían existir reglas, leyes o algo que detenga a los utileros de efectos especiales que se creen directores de cine o peor, guionistas originales. No hay nada que justifique a esta pérdida de tiempo, nada.
 

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