viernes, 21 de enero de 2011

Tron: Legacy (Tron, el legado, 2010)

Son muchas las razones por las que una secuela es producida. Desde económicas hasta meramente sentimentales, rara vez se filma una segunda parte porque esta sea fundamental para la continuidad de la trama original, de ahí que "no haya segundas partes buenas" sea un dicho tan popular en el argot fílmico. Pero no puedo negar que hay secuelas que, en un principio, parecen una buena idea. Sobre todo cuando se trata de la continuación de una de esas películas que marcaron la década de los 80 y, aunque un poco olvidada, continua como referencia dentro de los infames grupos geek.

Los Flynn nunca han sido una familia que se catalogue como tradicional. El patriarca, Kevin, es un genio de la naciente era digital, mismo don que le heredo a su hijo, el cual explota para que el sueño de su padre continúe en la actualidad. Sam es un alma libre, vive alejado de todo proceso administrativo, aunque se mantiene como el mayor accionista de Encom. Pero todo lo que sabe cambiará cuando, en un accidente fortuito, sea transportado a ese mundo virtual en donde no solo se encontrara a si mismo, sino a la clave de un futuro mejor a la humanidad. 

De nuevo, reitero que existen secuelas que se deben filmar, ya sea por el gusto de hacerlas o porque la historia lo merece. Pero este no es el caso. Tron: Legacy tiene a su favor la tecnología. ¿Quién, en su sano juicio, se negaría a la posibilidad de producir una película que daría seguimiento a un filme de culto como Tron, con toda la tecnología visual a la mano, con Daft Punk a cargo de la música y, por supuesto, con el recientemente celebre -y rescatado del olvido- Jeff Bridges? Muchos considerarían (me incluyo) que buscar pretextos para sustentar una producción así al final no serian suficientes para aguantar algo que pareciera sacado de la manga. 

Y así fue. En el pecado llevaron la penitencia. Visualmente es una maravilla. Auditivamente es un goce para los sentidos. Pero le hace falta el factor mas importante, una historia solida que justifique las inversiones millonarias. Al no contar con ella, Tron: Legacy no es mas que un show de luces auspiciado por Daft Punk. O peor, una oportunidad de escuchar el nuevo disco de la pareja francesa en cines, cuyo video de casi dos horas de duración fue producido por Disney. 

Sumemos que la campaña de publicidad fue tan extensa y tan bien pensada que la mayoría de las personas pensaban que verían un remake del clásico ochentero (en plena época del refrito, no los culpo), y que, para gozar al 100 por ciento de la experiencia había que invertir en un boleto relativamente caro. Y, además, cuando uno sale de la sala, se pregunta, "¿Porque demonios se llama "Tron"?" Para los detallistas es obvio que una tercera parte es inminente, por lo que no sé si reír o llorar. 

Revivir un clásico siempre es bueno, pero cuando la historia que lo sustenta claramente necesita reescribirse una y otra vez, mientras que las personas encargadas de su difusión se preocupan mas por la colocación de productos dentro y fuera de la cinta, el resultado habla por si solo. Tron: Legacy termina por ser el Avatar del 2010, ya que ni el 3D la ayuda.
 

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