sábado, 2 de julio de 2011

Transformers, Dark of the Moon (Transformers, el lado oscuro de la luna, 2011)

Cuando Michael Bay recibió la encomienda de compartir su visión de un mundo en donde los juguetes ochenteros, aquellos tan famosos que generaron varias series animadas, fueran temibles e impactantes extraterrestres que llegan a la tierra para continuar con su guerra civil intergaláctica, seguramente se sintió en su zona de confort. El director es experto en plasmar en pantalla la adrenalina, la energía y el dinamismo de las escenas de acción. Si algo he de reconocerle es que su estilo es único y su estética audiovisual es referente en el cine de acción. Lástima que esto es todo lo que puedo reconocer de la primera, segunda y tercera parte de su saga transformable, pues, de nueva cuenta, la espectacularidad visual supera a un guión que falla en tener lógica con respecto a sus anteriores entregas, así como en mantener atento y entretenido al espectador. 

Cuenta la leyenda que, durante los últimos días de la guerra en Cybertron, una nave intentó escapar con un cargmento muy valioso. Debido al fuego enemigo, la fortaleza navegó a la deriva durante cientos de miles de años (o tal vez no), hasta estrellarse en el lado oscuro del satélite natural que orbita la tierra, comúnmente llamado luna. Debido a ello, se descubre que la carrera por el espacio entre Russia y Estados Unidos fue motivada por este incidente, mismo que traería fuertes repercusiones para los humanos y extraterrestres por igual en el presente. Ahora, los Autobots deben proteger a Centinel Prime, mientras que su leal aliado humano, Sam Witwicki, descubre la verdad detrás de ciertas intervenciones enemigas, mientras que intenta encontrar trabajo, mantener una relación estable con su nueva novia, Carlie, y soportar a sus metiches e inoportunos padres. 

Si mal no recuerdo, los Transformers dieron con la tierra debido a que el allspark llegó accidentalmente a la tierra hace miles de años. Así lo indica la primera parte de esta saga. Pero no, después se reveló que la tierra ya era una vieja conocida de los robots interplanetarios, pues intentaron destruir nuestro sistema solar para conseguir energón, la materia prima de todo Transformer. Ahora, esta tercera entrega nos dice que los dos gobiernos más importantes del mundo ya sabían de la existencia de estos seres, incluso encubrieron su presencia en el lado oscuro de la luna durante los últimos 50 años. 

Obviamente los escritores pasaron por alto muchísimas cosas. La principal es, obviamente, la coherencia entre sus propias historias, pues no tienen lógica ni continuidad. La tercera entrega anula todo lo que ocurrió en las dos anteriores y viceversa. ¿Entonces?

Aclarado este punto, llegamos a lo mejor que ofrece la cinta, el espectáculo visual. Mezcladas dinámicamente con secuencias en cámara lenta, pensadas para explotar al 100 por ciento el uso de un 3D destacable, las escenas de acción logran el cometido de emocionar al público. A esto se suma el detalle de todos los efectos especiales y el cuidado del editor de permitir que viéramos verdaderas peleas, más allá de sólo ver una bola de fierros retorcidos. Pero como todo en exceso perjudica, son tantos los efectos y tantas secuencias en cámara lenta que terminan por empalagar el ojo humano. Y más sin una historia sólida que sustente este tipo de secuencias. 

El reparto es prácticamente el mismo que en las cintas anteriores. Ya es de todos conocidos el cambio de Megan Fox por la modelo Rosie Huntington-Whiteley, quien ofrece la peor actuación de la cinta. Bueno, no es actriz, por lo que calificarla como tal no sería justo. Pero, en efecto, su mayor logro dentro de la historia es verse bonita y sexy, con todo y que le dan cierto peso hacia el final de la cinta. A decir verdad, su inclusión dentro de la trama fue sólo para completar el paquete completo de una cinta de este tipo: efectos especiales, ciencia ficción y atractivo visual -igual que la función del otrora interés romántico del protagonista-. Nada más. 

Pero lo que más me sacó de onda es el discurso con el que el líder de los Autobots sostiene sus intenciones por defender a la humanidad ante el embate de una amenaza que parece imparable. "En el nombre de la libertad, habremos de combatir". Es la misma arenga con la que el país en donde se desarrolla la cinta toma como pretexto para invadir y erradicar a quienes representan un peligro para sus intereses, ya no tanto para su bienestar nacional. Es de todos conocido que este tipo de cintas son en verdad plataformas con las que el ejército de los Estados Unidos vende su imagen, de la misma forma en la que GM prestó sus modelos automotrices para que formar a la armada Autobot. 

Hablando de robots, nos quedó muy claro que todos los robots que combaten por la tierra se transforman en autos de la marca arriba mencionada. Pero, ¿y los Decepticons? Originalmente eran aviones, pistolas, tanques, máquinas de guerra. Ahora, el herido y apestado líder decide ser un trailer cargero que lame sus heridas en la estepa africana, mientras que Soundwave se transforma en... nada. Asimismo, Laserbeak, otro de los nuevos personajes, se transforma en... todo, mientras que el gusano gigante Driller se transform en... nada. ¿Entonces? 

Aunque es menos escatológica que su lamentable predecesora (carece de robots flatulentos y tomas a los genitales de un monstruo de metal de 100 metros de largo), Transformers, Dark of the Moon cierra una trilogía con más pena que gloria. Con todo y que sí cuenta con una vuelta de tuerca que pocos esperaban (lo confieso, sí me sorprendió) e incluyó mayor interactividad con más personajes humanos que sólo el protagonista Shia Labeouf, se queda muy corta en cuanto a historia, columna vertebral de toda cinta. Adiós Transformers. No los voy a extrañar.
 

Cintas más recientes