jueves, 13 de octubre de 2011

Real Steel (Gigantes de acero, 2011)

A sus más de 100 años de existencia, el cine nos ha mostrado todo tipo de historias. Las hay dramáticas, de comedia, terror, suspenso, de época, gore, new age, punk, neo punk, mas las que se inventen próximamente. Dentro de lo que todas tienen en común es que, a estas alturas del partido, son muy pocas las producciones que sobresalen por su originalidad. Para cada género existe una fórmula, misma que ya nos sabemos de memoria. Por ello, podemos vaticinar qué ocurrirá durante una cinta con tan sólo ver los avances o, en su defecto, el póster. El género en sí ya es un cliché, algo ya visto y que será explotado una y otra vez. ¿Y qué hacer cuando tu cinta cae en una de las típicas fórmulas del héroe venido a menos que encuentra redención al educar a un hijo que nunca le interesó? Haces lo que Sean Levy, no te concentras en las formas, sino en cómo inyectas emoción en la historia que todo mundo conoce y la conectas emocionalmente con el espectador. 

Charlie Kenton es un "has been" dentro del mundo del boxeo. Era una estrella del deporte, hasta que una nueva moda lo reemplazó y, al no saber manejar la fama, su vida y sus relaciones, termina por ofrecer espectáculos de poca monta en pequeñas ferias, acompañado de su robot, quien ahora es el estelar en las funciones boxísticas. Su vida lo lleva a un callejón sin salida cuando debe hacerse cargo de un hijo de 11 años a quien no conoce y con quien no tiene intención de fraternizar, hasta que un gusto mutuo por el deporte los lleva en un viaje de descubrimiento emocional y, al mismo tiempo, aprenden que las relaciones padre-hijo a veces no nace, sino que se hacen. 

Como bien se puede imaginar quien lea el anterior párrafo, el final es más predecible que las fases de la luna. No es necesario ser un experto en cine para descifrar qué ocurrirá con la pareja dispareja. Entonces ¿Qué tiene de especial Real Steel? Es ahí donde nos ponemos de pié y agradecemos a Levy por contarnos la misma historia de superación que hemos visto una y otra vez en pantalla, sólo que está excelentemente bien contada. Tanto, que es imposible no emocionarse con cada tropiezo, con cada pelea, con cada secuencia de acción. Y si, incluso con ese final que desde el principio sabemos cómo será. 



El ritmo de la cinta es asombroso y le ayuda mucho contar con dos actores estelares que tienen una estupenda química en pantalla, Eve Lilly y Hugh Jackman. A ellos se le suma el -ya no más- desconocido Dakota Goyo, quien interpreta de manera magistral al niño quien le recuerda al protagonista que no hay que pegar primero, sino hay que saber pegar. 

Por otro lado, el diseño y producción de los robots boxeadores es increíblemente realista. Más allá de que sean animatrónicos o diseños CGI, cumplen con el cometido de ser la motivación principal dentro de la trama. Sobre todo Atom, el protegido de Max (Dakota), el cual resulta ser el catalizador en la relación disfuncional entre padre e hijo. Tal y como ocurre en Wall*E, tenemos la presencia de un androide que, si bien no es autónomo al 100 por ciento ni mucho menos expresa rasgos de humanidad, es el eje emocional que, al final, no sólo sirve como ancla sentimental de los personajes, sino que también se engancha con el público. 

Ese es el mayor logro de Real Steel. No importa si eres fan del box, de Hugh o de Eve, al final, la película está tan bien contada que les compras lo que sea. Claro que no es la mejor cinta en la historia, pero sí es una de las más grandes sorpresas del 2011. Entretenida, emocionante y bien armada, tanto críticos como público en general coinciden en que bien valdría la pena una secuela, siempre y cuando mantenga el espíritu de la original, la cual pinta para estar en todas las videotecas en la próxima temporada navideña.
 

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